La Reina de Belleza

No era más enfermedad que las simples ganas de salir. De largarme.
Necesitaba algo, mi enfermedad necesitaba una cura. Entonces seguí todas las pautas, todas esas que te indican los doctores que no hagas. Pero a mí no me gustan los doctores. Ni las medicinas. Y, efectivamente me fui.
Caminé hacia algún lugar que emanara cierta calidez, caminé hacia donde mi cuerpo me llevara. Caminé hasta que me aburrí de caminar, pero ya había llegado.
Las luces se apagaron. Yo esperaba el silencio.
Pero era la maldita gente que nunca se callaba, era la maldita gente.
Poco a poco, a lo lejos sentí un resplandor. Me imagino que esa maldita gente también lo sintió, pues el ruido fue desvaneciéndose y ahí estaban las dos. Madre loca e hija demente. La sangre empezó a correr con fuerza, la piel se ponía de gallina. Ya todos éramos piel.
Luego, ellos, que no eran ni marido ni mujer, se besaron apasionadamente. Entonces, quise besarte a ti, pero no estabas. Solo estaba yo. Yo estaba sola. Yo y mi piel.
Y, es que, no era más enfermedad que las simples ganas de salir y aplaudirle a alguien. No era más enfermedad que la enfermedad.
No se preocupe, señor doctor, no quiero medicinas. Quiero el silencio de la maldita gente, los aplausos cuando me retire de escena y gritar, así como lo hizo La Reina de Belleza.

AdiósChau

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