Me olvidé como iba a empezar, me olvidé lo que iba a escribir y, aun así, el comienzo no es lo suficientemente bueno como para sacar una buena historia.
Pero siempre es así.
Y es que todo era cuestión de historias.
Llegó la hora de despertar, de crecer y crear. Era el momento para salir al mundo, para pisar fuerte… pero yo nunca tengo los pies en la tierra, por eso me gano tantos problemas.
Era una cuestión de observación y nada de lógica, y yo podía correr kilómetros, pero en algún momento me iba a cansar. ¿Que tome agua? No, gracias... es para débiles… o fuertes… o fuertes débiles… no sé para quien era el agua, pero no era para mí. Lo único que pedía era una barra de caramelo, de azúcar puro… de puro químico.
Cuando las puertas se cierran, el aire no sale y dentro todo es frío y me toca pensar: ¿me congelo adentro o me sofoco afuera?
Nunca me ha gustado el calor, pero tampoco los espacios cerrados y prefería el bochorno insoportable de la libertad que el frío asqueroso que me corroe los huesos hasta dejarme sin respiración y me quita el habla. Eventualmente, el hielo se derretiría afuera.
No era el seguir la moda de escribirle notas al aire, solo no quería perder.
Yo no estaba loca, ni pedía atención. Lo que quería era quitarme la almohada al dormir boca abajo.
Los chinos en Norteamérica hablaban en inglés y yo olvidaba el francés mientras ellos caminaban hacia el sol por el malecón.
Shalom, pueblo peruano.
Vamos a dormir.
AdiósChau