Berger

Me olvidé como iba a empezar, me olvidé lo que iba a escribir y, aun así, el comienzo no es lo suficientemente bueno como para sacar una buena historia.

Pero siempre es así.

Y es que todo era cuestión de historias.

Llegó la hora de despertar, de crecer y crear. Era el momento para salir al mundo, para pisar fuerte… pero yo nunca tengo los pies en la tierra, por eso me gano tantos problemas.

Era una cuestión de observación y nada de lógica, y yo podía correr kilómetros, pero en algún momento me iba a cansar. ¿Que tome agua? No, gracias... es para débiles… o fuertes… o fuertes débiles… no sé para quien era el agua, pero no era para mí. Lo único que pedía era una barra de caramelo, de azúcar puro… de puro químico.

Cuando las puertas se cierran, el aire no sale y dentro todo es frío y me toca pensar: ¿me congelo adentro o me sofoco afuera?

Nunca me ha gustado el calor, pero tampoco los espacios cerrados y prefería el bochorno insoportable de la libertad que el frío asqueroso que me corroe los huesos hasta dejarme sin respiración y me quita el habla. Eventualmente, el hielo se derretiría afuera.

No era el seguir la moda de escribirle notas al aire, solo no quería perder.

Yo no estaba loca, ni pedía atención. Lo que quería era quitarme la almohada al dormir boca abajo.

Los chinos en Norteamérica hablaban en inglés y yo olvidaba el francés mientras ellos caminaban hacia el sol por el malecón.

Shalom, pueblo peruano.

Vamos a dormir.


AdiósChau

2011

Bienvenido 2011.
Bienvenida la mañana, el sol naranja frente a mi camino a casa.
Bienvenidas dudas, bienvenido miedo.
Bienvenido seas tú entre todos los demás. Bienvenidos tus ojos, tu pelo, tu boca.
Bienvenido a mi vida una vez más.
Bienvenidos insomnios y muslos.
Bienvenido sueño,
bienvenido hasta mañana.

AdiósChau

Te gustaba todo en blanco y negro, menos yo. Yo te gustaba a color.

AdiósChau

Bienvenu, c'est ma vie

Desperté tras un sueño en el que solo te veía llorar, presagio de lo que podría catalogar como uno de los peores días de mí vida.
Sin embargo, había tenido un buen lunes y pensé que el día iba a ser mágico, que todo iba a ser como lo era antes.

Entonces, me estiré como si fuera una profesional bailarina de Ballet, como si fuera aquella apasionada danzarina contemporánea, como si fuera de las que podían mover el cuerpo con la música. Como si no fuera yo. Me levanté de la cama y decidí ser saludable. Salí a correr, a sudar la rabia, a tratar de ser una persona feliz. Y parece que todas estas cuestiones químicas dieron resultado, yo estaba tranquila, lista para meterme a bañar. Yo sola.

Me miré al espejo, me saqué los aretes turquesas. No los quería ahí. No los quería puestos. Quería verte, entonces me arreglé. Me aseguré de que todo en mi cuerpo esté bien. Me llené de cremas y perfumes, me limpié el pecho y realcé mis lunares, de esos de los que hablabas tanto. Estaba lista para verte, estaba lista para revolcarme un rato contigo. Estaba lista para quererte una vez más.

Almorcé. Sumamente saludable. Pescado. ¿Te acuerdas que comíamos pescado? Pescado y ensalada, todo lo que pueda para mantener la línea. Sí, esa que perdí hace tiempo. Y me fui, muy lista y con muchas ganas, a estudiar.

Pero estudiar ya no es una opción que me hace feliz. Camino a la universidad me di cuenta de que ya no era feliz ahí y que lo único que me motivaba, se había ido. Sabe Dios a dónde. Y volvió el miedo a perderte para siempre. Porque eso es lo que siento.
La clase me dio igual. Ahora las clases siempre me dan igual, nunca me entero de lo que pasa ahí. Y, cuando terminé, te vi. Te vi por fin. Era el momento que tanto había estado esperando. Era como cuando un niño encuentra los regalos de navidad a la mañana siguiente, después de que Papa Noel los deje al lado de la chimenea. Pero no era navidad, Papa Noel no existe y yo ya no soy una niña. O tal vez sí, porque me fui corriendo hasta escapar de ti, como lo haría un bebé al querer escapar de sus problemas. Porque eso es lo que eres, para bien o para mal, lo eres.

Me fui a mi casa. Me senté sola en el asiento de adelante del micro. El tráfico era insoportable, me daba mucho tiempo para pensar en qué iba a ser de mi vida a partir de este momento. Y las respuestas no eran buenas, porque no estabas en ninguna.
Me encontraba sola, desesperada. Me iba a sobrar el tiempo y a mí no me gusta que me sobre el tiempo. Me empecé a irritar. Me dolía la mandíbula por ajustarla tanto, se me aceleraba el corazón y no podía dejar de mover las manos.

No era la primera vez que lo notaba. Estaba sola. Ahora sí estaba sola. Nadie me iba a entender.

Tú tampoco.


No me hubiera molestado hacerte el amor.



AdiósChau

My baby shot me down

Por ahí me dijo un par de veces que me iba a matar. Estaba decidido a descuartizarme, pero él era uno de esos asesinos con los que estaba dispuesta a vivir. Es raro, creo. Prefería estar en riesgo con el que podía matarme a estar tranquila, con la certeza de que iba a vivir. Igual, nunca nadie tiene la certeza de que va a vivir. Si iba a morir, prefería que sea él quien me mate.
Abrígate, corazón. Ya llegan las rachas de aire y sabes que te llevarán volando. Si te vas a ir, aunque sea abrígate.
Era de esos hombres que había nacido para vivir sólo. Solo y solamente conmigo.
Entonces, un día dejé de tenerle miedo. Yo sabía que me iba a matar. Tal vez no me iba a descuartizar, como había repetido tantas veces, pero definitivamente me iba a arrancar el corazón.
Me gustaba besarlo y ver cómo brillaban sus ojos con el poco sol que entraba por su ventana. Me gustaba ir a su casa y echarme en su cama junto a él. Bajo él. Sobre él.
Era esa boca, esa maldita boca.
Dice que quiere estar solo, dice que se aburrió, que lo atrapó la monotonía.
Y esa boca, esa boca, esa boca, esa boca.
Nada importaba, él era un asesino y yo quería que me mate.
Bang, bang!

AdiósChau

Este es mi favorito

We were something, in the middle of the dessert
Alonso Elías Alfaro

Sucede que una llanta se pinchó, en medio de la carretera, rumbo al intento. Bajamos del carro para mirarla y ya estaba muy destripada. No culpo a la pobre llanta, había sido un camino muy largo y tiendo a pisar a fondo, sin importar que tanto resuene el chillido de la precaución. Ella prendió un cigarro y nos quedamos mirando como el peso del carro, cada una de sus dos toneladas de metal, aplastaba el caucho, mostrando sus grietas y explotando cada pequeña falla de fábrica, cada error, para hacerlo polvo. Parado a su lado, oliendo el humo del tabaco y mirando como el tiempo destruye las formas a las que estamos acostumbrados, me di cuenta que así supiera cambiar la llanta, solo era cuestión de tiempo para que otra explotara en medio del camino y nos dejara solos, varados en la carretera, en silencio y sin ganas de conversar. Ella empezaba a entenderlo.
Ford Impala del 67, hermosura de primera, una calidad exquisita, conexión tan sutil que olvidas los pies y los cambias por aire. Una experiencia de locos, una experiencia que no está diseñada para personas del mundo conservador, incapaces de controlar el cauce de pura pasión en una máquina que puede llevarte al otro lado del límite. Un monstruo de fuerza que solo los dementes son capaces de maniobrar, entumecidos frente al volante y con una sonrisa que solo se ve en las noches. No tiene frenos, y para los que saben manejarlo, no son necesarios.
La carretera no iba a frenar porque nuestro Impala se había plantado, pero tampoco le prestábamos mucha atención a nuestro alrededor. Si, era peligroso. Las bestias que corren por estos lares no son de confianza, y mucho menos, dignas de respeto. Solo escuchábamos los ruidos de motores, fuertes y crujientes, cayéndose a pedazos en pleno camino, sin parar de correr, intentando llegar hasta donde se pueda, chocando entre ellos, rompiendo aire sin control. Cerdos al volante con los ojos cerrados y frotando el parabrisas con patrañas y bocanadas de pestes. No hay cabida para un respiro y el razonamiento no es un arma que se pueda utilizar contra ellos.
Gritos. Muchos gritos hacia nosotros.
La miré. Estiró las manos sobre sus cachetes y me miró como si nada hubiera pasado. Me sonrió y sin sonrojarse, lloró. Lágrimas enormes, cargadas de días y días de pena, angustia, dolor y todo un cocktail de sinsabores que un hombre puede llegar a preparar en seis meses. Tiró su cuarto cigarro al suelo y lo pisó, una sola vez, sin la intención de apagarlo, solo aplastarlo, solo sentirse capaz de tener el control sobre algo. Insignificante, pero algo era.
Grietas y grietas en el caucho. “Un Ford de este calibre que ya no avanza por una simple llanta… que pena… en serio… que pena” pensaba. Me volteé y caminé. “Voy a buscar ayuda” le dije mientras avanzaba pegado al borde del camino. “Demórate” me dijo ella. No había necesidad de decir más. Ella sabía que yo no iba por ayuda y que tampoco iba a volver. Yo sabía que ella iba a estar bien y que si por casualidad volteaba a verla, ella ya habría tomado otro rumbo, muy contrario al mío.
Era parte del trato.
Había sido increíble: el camino, el Impala, la aventura, ella.
Cumplí mi palabra: Vamos a divertirnos para siempre o, por lo menos, hasta donde podamos.
No se puede seguir con solo tres llantas.
Ahora pienso que es muy útil saber cambiar las llantas de un carro, sin embargo, ahora que voy a pie, eso me tiene sin cuidado. Sigo caminando para saber que hay al final del camino. Estoy casi seguro de que se puede llegar caminando. Si es que no se puede, aún puedo contar la historia de cómo me subí a una bala de pura fuerza, demencia, disfrute al máximo y un éxtasis de sensaciones.
Casi olvido mencionarlo. El Impala tenía dos timones puestos en direcciones distintas. Dos motores para cada timón. Cuatro llantas en total, dos para cada motor. Dos asientos para cada piloto y otros dos para los copilotos inexistentes. Dos pilotos que conducían sin dudar del sentido correcto. Cuatro puertas. Color rojo y techo negro. Cuatro pedales. Dos embragues y dos aceleradores que nunca dejaron de ser pisados.

Sin frenos. Ninguno de los dos los necesitábamos.

AdiósChau

Lo escribió él

Sin Dedicatoria
Alonso Elías Alfaro

Peperina ha caído al pozo.
Tiene manos muy suaves y no creo que pueda salir trepando.
Yo intenté advertirle de que el pozo no tenía nada de interesante
De vedad traté mucho para convencerla de que no le eche una ojeada.

Cada mañana me levantaba y le preparaba un jugo de granadilla.
Oh!
Qué jugo de granadilla que sabía hacer.
Soy un puto arrogante pero te juro que era un buen jugo de granadilla y a ella le encantaba.
Luego había que guardar el paso.
Pisa con cuidado porque el menor ruido puede soltar un mar de lamentos.
No cualquier lamento te digo.
Una mujer que llora de corazón es difícil de encontrar y es por eso que tanto tiempo demoré para encontrarla.
Una vez que entraba al cuarto me tenía que sumergir en medio de las sábanas y nadar a ciegas hasta llegar a verla.
Echada. Dormida. Linda.
No le gustaba que le susurren.
Yo me recostaba y me ponía a dibujar con su pelo hasta que se despertara.

Peperina no era mi mujer y tampoco quería que lo fuera.
Éramos solo un par de personas solas y nos habíamos dado cuenta de que nos necesitábamos.
Fuera de cursilerías, yo la necesitaba y la sigo necesitando.
Lo malo es que no me hizo caso.
Le dije que se alejara del pozo.
Del pozo que yo mismo cavé.
Y lo cavé para mí.

Ahora no la puedo sacar.
Simplemente ya no la puedo sacar de ahí.

El tiempo que me demore en llegar a casa es lo de menos.
Ahora lo que más me preocupa son mis oídos.
Ella sigue gritando por ayuda y por más lejos que estoy la sigo escuchando.

Esto es interesante.
No recuerdo haber llorado por una mujer.
Todo es culpa de sus manos suaves.



AdiósChau