Desperté tras un sueño en el que solo te veía llorar, presagio de lo que podría catalogar como uno de los peores días de mí vida.
Sin embargo, había tenido un buen lunes y pensé que el día iba a ser mágico, que todo iba a ser como lo era antes.
Entonces, me estiré como si fuera una profesional bailarina de Ballet, como si fuera aquella apasionada danzarina contemporánea, como si fuera de las que podían mover el cuerpo con la música. Como si no fuera yo. Me levanté de la cama y decidí ser saludable. Salí a correr, a sudar la rabia, a tratar de ser una persona feliz. Y parece que todas estas cuestiones químicas dieron resultado, yo estaba tranquila, lista para meterme a bañar. Yo sola.
Me miré al espejo, me saqué los aretes turquesas. No los quería ahí. No los quería puestos. Quería verte, entonces me arreglé. Me aseguré de que todo en mi cuerpo esté bien. Me llené de cremas y perfumes, me limpié el pecho y realcé mis lunares, de esos de los que hablabas tanto. Estaba lista para verte, estaba lista para revolcarme un rato contigo. Estaba lista para quererte una vez más.
Almorcé. Sumamente saludable. Pescado. ¿Te acuerdas que comíamos pescado? Pescado y ensalada, todo lo que pueda para mantener la línea. Sí, esa que perdí hace tiempo. Y me fui, muy lista y con muchas ganas, a estudiar.
Pero estudiar ya no es una opción que me hace feliz. Camino a la universidad me di cuenta de que ya no era feliz ahí y que lo único que me motivaba, se había ido. Sabe Dios a dónde. Y volvió el miedo a perderte para siempre. Porque eso es lo que siento.
La clase me dio igual. Ahora las clases siempre me dan igual, nunca me entero de lo que pasa ahí. Y, cuando terminé, te vi. Te vi por fin. Era el momento que tanto había estado esperando. Era como cuando un niño encuentra los regalos de navidad a la mañana siguiente, después de que Papa Noel los deje al lado de la chimenea. Pero no era navidad, Papa Noel no existe y yo ya no soy una niña. O tal vez sí, porque me fui corriendo hasta escapar de ti, como lo haría un bebé al querer escapar de sus problemas. Porque eso es lo que eres, para bien o para mal, lo eres.
Me fui a mi casa. Me senté sola en el asiento de adelante del micro. El tráfico era insoportable, me daba mucho tiempo para pensar en qué iba a ser de mi vida a partir de este momento. Y las respuestas no eran buenas, porque no estabas en ninguna.
Me encontraba sola, desesperada. Me iba a sobrar el tiempo y a mí no me gusta que me sobre el tiempo. Me empecé a irritar. Me dolía la mandíbula por ajustarla tanto, se me aceleraba el corazón y no podía dejar de mover las manos.
No era la primera vez que lo notaba. Estaba sola. Ahora sí estaba sola. Nadie me iba a entender.
Tú tampoco.
Sin embargo, había tenido un buen lunes y pensé que el día iba a ser mágico, que todo iba a ser como lo era antes.
Entonces, me estiré como si fuera una profesional bailarina de Ballet, como si fuera aquella apasionada danzarina contemporánea, como si fuera de las que podían mover el cuerpo con la música. Como si no fuera yo. Me levanté de la cama y decidí ser saludable. Salí a correr, a sudar la rabia, a tratar de ser una persona feliz. Y parece que todas estas cuestiones químicas dieron resultado, yo estaba tranquila, lista para meterme a bañar. Yo sola.
Me miré al espejo, me saqué los aretes turquesas. No los quería ahí. No los quería puestos. Quería verte, entonces me arreglé. Me aseguré de que todo en mi cuerpo esté bien. Me llené de cremas y perfumes, me limpié el pecho y realcé mis lunares, de esos de los que hablabas tanto. Estaba lista para verte, estaba lista para revolcarme un rato contigo. Estaba lista para quererte una vez más.
Almorcé. Sumamente saludable. Pescado. ¿Te acuerdas que comíamos pescado? Pescado y ensalada, todo lo que pueda para mantener la línea. Sí, esa que perdí hace tiempo. Y me fui, muy lista y con muchas ganas, a estudiar.
Pero estudiar ya no es una opción que me hace feliz. Camino a la universidad me di cuenta de que ya no era feliz ahí y que lo único que me motivaba, se había ido. Sabe Dios a dónde. Y volvió el miedo a perderte para siempre. Porque eso es lo que siento.
La clase me dio igual. Ahora las clases siempre me dan igual, nunca me entero de lo que pasa ahí. Y, cuando terminé, te vi. Te vi por fin. Era el momento que tanto había estado esperando. Era como cuando un niño encuentra los regalos de navidad a la mañana siguiente, después de que Papa Noel los deje al lado de la chimenea. Pero no era navidad, Papa Noel no existe y yo ya no soy una niña. O tal vez sí, porque me fui corriendo hasta escapar de ti, como lo haría un bebé al querer escapar de sus problemas. Porque eso es lo que eres, para bien o para mal, lo eres.
Me fui a mi casa. Me senté sola en el asiento de adelante del micro. El tráfico era insoportable, me daba mucho tiempo para pensar en qué iba a ser de mi vida a partir de este momento. Y las respuestas no eran buenas, porque no estabas en ninguna.
Me encontraba sola, desesperada. Me iba a sobrar el tiempo y a mí no me gusta que me sobre el tiempo. Me empecé a irritar. Me dolía la mandíbula por ajustarla tanto, se me aceleraba el corazón y no podía dejar de mover las manos.
No era la primera vez que lo notaba. Estaba sola. Ahora sí estaba sola. Nadie me iba a entender.
Tú tampoco.
No me hubiera molestado hacerte el amor.
AdiósChau
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