We were something, in the middle of the dessert
Alonso Elías Alfaro
Sucede que una llanta se pinchó, en medio de la carretera, rumbo al intento. Bajamos del carro para mirarla y ya estaba muy destripada. No culpo a la pobre llanta, había sido un camino muy largo y tiendo a pisar a fondo, sin importar que tanto resuene el chillido de la precaución. Ella prendió un cigarro y nos quedamos mirando como el peso del carro, cada una de sus dos toneladas de metal, aplastaba el caucho, mostrando sus grietas y explotando cada pequeña falla de fábrica, cada error, para hacerlo polvo. Parado a su lado, oliendo el humo del tabaco y mirando como el tiempo destruye las formas a las que estamos acostumbrados, me di cuenta que así supiera cambiar la llanta, solo era cuestión de tiempo para que otra explotara en medio del camino y nos dejara solos, varados en la carretera, en silencio y sin ganas de conversar. Ella empezaba a entenderlo.
Ford Impala del 67, hermosura de primera, una calidad exquisita, conexión tan sutil que olvidas los pies y los cambias por aire. Una experiencia de locos, una experiencia que no está diseñada para personas del mundo conservador, incapaces de controlar el cauce de pura pasión en una máquina que puede llevarte al otro lado del límite. Un monstruo de fuerza que solo los dementes son capaces de maniobrar, entumecidos frente al volante y con una sonrisa que solo se ve en las noches. No tiene frenos, y para los que saben manejarlo, no son necesarios.
La carretera no iba a frenar porque nuestro Impala se había plantado, pero tampoco le prestábamos mucha atención a nuestro alrededor. Si, era peligroso. Las bestias que corren por estos lares no son de confianza, y mucho menos, dignas de respeto. Solo escuchábamos los ruidos de motores, fuertes y crujientes, cayéndose a pedazos en pleno camino, sin parar de correr, intentando llegar hasta donde se pueda, chocando entre ellos, rompiendo aire sin control. Cerdos al volante con los ojos cerrados y frotando el parabrisas con patrañas y bocanadas de pestes. No hay cabida para un respiro y el razonamiento no es un arma que se pueda utilizar contra ellos.
Gritos. Muchos gritos hacia nosotros.
La miré. Estiró las manos sobre sus cachetes y me miró como si nada hubiera pasado. Me sonrió y sin sonrojarse, lloró. Lágrimas enormes, cargadas de días y días de pena, angustia, dolor y todo un cocktail de sinsabores que un hombre puede llegar a preparar en seis meses. Tiró su cuarto cigarro al suelo y lo pisó, una sola vez, sin la intención de apagarlo, solo aplastarlo, solo sentirse capaz de tener el control sobre algo. Insignificante, pero algo era.
Grietas y grietas en el caucho. “Un Ford de este calibre que ya no avanza por una simple llanta… que pena… en serio… que pena” pensaba. Me volteé y caminé. “Voy a buscar ayuda” le dije mientras avanzaba pegado al borde del camino. “Demórate” me dijo ella. No había necesidad de decir más. Ella sabía que yo no iba por ayuda y que tampoco iba a volver. Yo sabía que ella iba a estar bien y que si por casualidad volteaba a verla, ella ya habría tomado otro rumbo, muy contrario al mío.
Era parte del trato.
Había sido increíble: el camino, el Impala, la aventura, ella.
Cumplí mi palabra: Vamos a divertirnos para siempre o, por lo menos, hasta donde podamos.
No se puede seguir con solo tres llantas.
Ahora pienso que es muy útil saber cambiar las llantas de un carro, sin embargo, ahora que voy a pie, eso me tiene sin cuidado. Sigo caminando para saber que hay al final del camino. Estoy casi seguro de que se puede llegar caminando. Si es que no se puede, aún puedo contar la historia de cómo me subí a una bala de pura fuerza, demencia, disfrute al máximo y un éxtasis de sensaciones.
Casi olvido mencionarlo. El Impala tenía dos timones puestos en direcciones distintas. Dos motores para cada timón. Cuatro llantas en total, dos para cada motor. Dos asientos para cada piloto y otros dos para los copilotos inexistentes. Dos pilotos que conducían sin dudar del sentido correcto. Cuatro puertas. Color rojo y techo negro. Cuatro pedales. Dos embragues y dos aceleradores que nunca dejaron de ser pisados.
Sin frenos. Ninguno de los dos los necesitábamos.
AdiósChau
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