Una noche me fui a dormir después de una ya rutinaria taza de té verde. Me imagino que estaba en la etapa profunda del sueño, en la etapa en la que nacen y mueren imágenes que nunca existieron.
Y estabas tú, parado, despeinado. Estabas tú, buscando hacia dónde ir, tratando de saber cómo debías respirar. Estabas tú, desesperazo, tratando de arrancarte los zapatos, aquellos que no te permitían caminar descalzo. Aquellos que no te permitían rozar el jardín.
Yo nunca pude hacer literatura. No porque no sepa, sino porque pensar en lo que sentía me daba mucha flojera. Pero hoy quiero hacerlo y, aunque me haya alejado bastante de la literatura, no significa que no pueda escribir.
Entonces, Peperina se acercó a ti y se encargó de quitarte los zapatos para que pudieran caminar juntos y atravesar el jardín.
Y te fuiste. Te fuiste con Peperina caminando, por supuesto que de la mano no, ¡que aburrido caminar de la mano!
A Peperina se le cayó el pétalo de un clavel, se agachó a recogerlo y tú seguiste caminando. Cuando ella alzó la mirada, ya no estabas. Te habías ido en búsqueda de otras flores, de otra piel. Aunque sea la tuya, pero era otra piel.
Peperina se sentó en el jardín, se puso tus zapatos. Y yo desperté.
La culpa la tuvo esa rutinaria taza de té verde de todas las noches. La culpa la tuvo el azúcar que le dejé de echar. La culpa la tuvo la tetera, que día a día se encargaba de gritarme que el agua había calentado. Pero era solo el agua, nosotros nos enfriábamos cada día más.
Y a mí no me molesta dejar de tomar té si a ti no te molesta dejar de tomar té.
Y estabas tú, parado, despeinado. Estabas tú, buscando hacia dónde ir, tratando de saber cómo debías respirar. Estabas tú, desesperazo, tratando de arrancarte los zapatos, aquellos que no te permitían caminar descalzo. Aquellos que no te permitían rozar el jardín.
Yo nunca pude hacer literatura. No porque no sepa, sino porque pensar en lo que sentía me daba mucha flojera. Pero hoy quiero hacerlo y, aunque me haya alejado bastante de la literatura, no significa que no pueda escribir.
Entonces, Peperina se acercó a ti y se encargó de quitarte los zapatos para que pudieran caminar juntos y atravesar el jardín.
Y te fuiste. Te fuiste con Peperina caminando, por supuesto que de la mano no, ¡que aburrido caminar de la mano!
A Peperina se le cayó el pétalo de un clavel, se agachó a recogerlo y tú seguiste caminando. Cuando ella alzó la mirada, ya no estabas. Te habías ido en búsqueda de otras flores, de otra piel. Aunque sea la tuya, pero era otra piel.
Peperina se sentó en el jardín, se puso tus zapatos. Y yo desperté.
La culpa la tuvo esa rutinaria taza de té verde de todas las noches. La culpa la tuvo el azúcar que le dejé de echar. La culpa la tuvo la tetera, que día a día se encargaba de gritarme que el agua había calentado. Pero era solo el agua, nosotros nos enfriábamos cada día más.
Y a mí no me molesta dejar de tomar té si a ti no te molesta dejar de tomar té.
AdiósChau
No hay comentarios:
Publicar un comentario